Puntada a puntada (El País)

Puntada a puntada (El País)
Crítica de Josep Casamartina

Puntada a puntada
Josep Casamartina i Parassols
Cristóbal Balenciaga consiguió que todas sus clientas, de la más recalcitrante, reaccionaria o conservadora a la más moderna y frívola, se pusieran de luto riguroso cuando murió su chico Wladzio D’Attainville. El año 1948, las colecciones del gran maestro fueron completamente negras. Miren Arzalluz, antigua conservadora de la accidentada Fundación Balenciaga, ha aireado con tacto y elegancia un de los grandes amores masculinos del rey de la moda. Cristóbal Balenciaga. La forja del Maestro (1895-1936), que acaba de publicar la editorial Nerea, es una interesante aproximación a los primeros años de la trayectoria personal y profesional del modisto vasco, bien poco conocida y estudiada hasta ahora. La principal especialista en Balenciaga es, sin duda, Marie-Andrée Jouve, que catalogó los extensos archivos parisinos del modista, pero aún no se había hecho nunca nada ni sobre los inicios del couturier ni mucho menos de su vida privada. Pilar Ayarza no sale en documentado libro de Arzalluz, aunque la su existencia estaría marcada por el diseñador vasco. De hecho, el nombre de Ayarza no había sido publicado seguramente nunca en ninguna parte hasta esta semana, que ha chupado cámara en abundancia gracias a la diseñadora textil y escenógrafa Fiona Capdevila (Londres, 1968) y a la pintora Rosa Solano (Manresa, 1968) y al trabajo que han hecho juntas y que ahora presentan en la galería Setba situada en un pis de la Plaza Reial. Todo comenzó cuando alguien avisó a Capdevila por si podía aprovechar alguna cosa de un piso de una modista desconocida, minúsculo y abarrotado, que se tenía que vaciar. Tejidos, hilos y botones, glasillas, patrones, papeles reciclados, fotografías y recortes de revista, remetían directamente a Balenciaga, para quien Ayarza había estado trabajando muchos años, en el taller que el célebre modisto había abierto en el año 1935 en la calle Santa Teresa, en el barrio de Gràcia.
La fascinante descubierta de una oficiala anónima al servicio de un maestro, la admiración absoluta por gran creador y la propia leyenda sobre clientas ahorradoras que buscaban copias han motivado las recreaciones estéticas de Solano y Capdevila, como unos vestidos estampados imitando los patrones de una Ayarza de escasos medios económicos hechos con papeles de envolver de Santa Eulàlia, de los tejidos Bosch, Gratacós o del colmado Quílez. Unas piezas que más que hablarnos de Balenciaga y de su costura impecable, original y rigurosa nos remiten a la precariedad de una trabajadora humilde y a la desaparición implacable de su presencia en el mundo de la costura. Sin duda, lo mejor de esta iniciativa es el descubrimiento de los restos de una historia que continua desconocida hecha de puntada en puntada.
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